Cultura petrolera: una investigación sobre las prácticas cotidianas en los pozos. 

El antropólogo Hernán Palermo investigó las jodas de bautismo en los yacimientos, a menudo de tono sexual.

 

Por Leonardo Herreros

Formados para ser “machos que se la bancan” en el pozo, se sienten luego desorientados en sus familias. Así están muchos trabajadores petroleros, cuyos elevados salarios a veces hacen olvidar las duras condiciones laborales. Que incluyen prácticas, sentidos y valores con un culto al “aguante” y ritos de iniciación: “bromas” que son pruebas de hombría y fortaleza, con un fuerte tono sexual.

Esta construcción de masculinidad a menudo es estimulada por las empresas, ya que resulta funcional a la producción, pero al mismo tiempo deshumaniza el trabajo y afecta la vida social de los petroleros.

Así lo afirma el antropólogo Hernán Palermo, investigador del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL- Conicet) en su trabajo “La producción de la masculinidad en el trabajo petrolero” (ed. Biblos, 2017). Palermo trabaja sobre este mundo desde 2002, cuando pensaba su tesis y lo cautivó la lucha de los trabajadores de YPF en los ‘90. De allí salió su libro “Cadenas de Oro Negro: esplendor y ocaso de YPF”.

Durante el trabajo de campo, en Chubut, “me llamó la atención relatos sobre jodas, a veces violentas, en el cerro (Dragón), con cierta connotación sexual” señala. Investigando, “descubrí que en las evaluaciones de desempeño y trayectorias laborales para ascender a un operario de boca de pozo, enganchador o maquinista no sólo tomaban en cuenta saberes técnico-profesionales sino también otras actitudes, asociadas a cierto ejercicio de la masculinidad: el aguante, la dureza, la tolerancia a los golpes y heridas. Las compañías dividen entre “accidentes” e “incidentes”: el accidente paraliza la producción, pero si ésta puede continuar es un incidente. Muchas veces el accidente es encubierto por esa masculinidad del aguante. De allí que pensé que la perspectiva de género era útil para entender el tema” señala.

Un dramático hecho ocurrido en 2008 le encendió alarmas. En una de estas “jodas” pesadas, “se produjo una violación, seguida del suicidio, de un joven operario en un yacimiento. Eso tuvo mucho impacto en Chubut” dijo.

P- ¿Ese tipo de “bautismos” es común en los pozos?

R- Quizás no tan extremos como el caso que te mencioné, pero las prácticas con cierta violencia y connotaciones sexuales sí: está eso de “hacerse chiflar”, golpearse órganos sexuales, etc. que no es privativo del mundo del petróleo: se ve en secundarios de varones, escuelas técnicas, liceos militares, etc.. Es una idea de virilidad asociada a la resistencia, la violencia. A la competencia constante con otros varones en relación a la fuerza…

P- Planteás que eso beneficia y es fomentado por las empresas… 

R- Es que les sirve. Está claro que todos los hombres estamos socializados de una manera patriarcal que subordina lo femenino, pero en el ambiente petrolero esto se potencia por las políticas empresarias. Lo maximizan, lo evalúan y lo fomentan, porque rinde en términos de productividad. Por ejemplo, si hay inclemencia climática se debería parar el trabajo, pero a la empresa no le conviene. Entonces funciona el “hay que bancársela” como macho. Si uno entra como joven petrolero y no se “aggiorna” a ese ambiente la pasa mal. Allí entran estos rituales de iniciación o de pasaje, donde de un joven “blando” se construye un petrolero maduro ideal que es “duro”, se la “banca”.

P- ¿Y cómo repercute eso sobre las familias?

R- Existe un prejuicio del petrolero que llega a su casa, grita, golpea a la mujer, a los hijos y quiere que lo atiendan. En mi estudio yo encontré algo muy distinto: llegan después de largas jornadas de trabajo a hogares dinamizados por los sentidos y significantes femeninos, muy distintos al de los pozos, donde son eminentemente masculinos. Una frase recurrente fue el sentirse “sapo de otro pozo” o “ir a contramano” de la familia. El hombre llega a su casa y encuentra sufrimiento, porque hay una vida cotidiana que les ajena y lo que sucede muchas veces se van de su casa intentado reconstruir el clima del pozo afuera, con sus mismos compañeros del petróleo. Un ejemplo: muchos trabajan con equipos que emiten ruidos similares a la turbina de un avión, tienen problemas auditivos y escuchan la tele a todo volumen. Y los hijos le dicen: “Pá, bajá la tele, venís acá y querés controlar todo”. Por eso hablo de una masculinidad que en el hogar es infantilizada, se sienten “niños” en casa: los retan, temen no ser tenidos en cuenta, se sienten desfasados y terminan yéndose. Yo hallé mucho dolor.

P- ¿El estereotipo de resistencia y aguante tiene consecuencias en el físico? 

R- Basta con mirar las manos de un petrolero retirado o con años de oficio y te dicen todo: falanges que faltan, dedos torcidos, cicatrices profundas. Muchas veces tienen más de una hora de viaje de ida y otro de vuelta entre turnos de 12 horas, con lo cual en realidad son 14 ó 16 . También desgasta socialmente, porque su ritmo de vida va a contramano de las relaciones por fuera del mundo del trabajo del petróleo.

P- Vos hablás de una “épica del servicio a la patria” en la YPF estatal. ¿Cómo cambia esto?

R- Había una “masculinidad heroica” que relacionaba el trabajo en el pozo con la grandeza de la Nación, herencia de Mosconi. Acá en Comodoro, kilómetro 3 , está el monumento a los caídos en el trabajo petrolero, que más que hablarle a los muertos interpela a los vivos. El trabajo en YPF enaltecía y la muerte allí en las tareas te incluía en un proceso heroico. Y estaba el contraste dicotómico: hombres heroicos versus mujeres dulces y suaves: las “reinas y princesas del petróleo” en el espacio público, lo sensible. Cuando se privatiza YPF eso se pierde, pero queda la épica del aguante.

P- ¿Qué conclusiones estableciste de estas masculinidades en el trabajo?

R- Primero, habría que revisar las jornadas laborales. Hasta los 90, los turnos eran de 8 horas, e incluso antes de la última dictadura hubo turnos de seis , en actividades insalubres. Esto cambia con Estenssoro, en los 90, a jornadas de 12. Son muy extensas y no dejan recuperar al trabajador. En segundo lugar, habría que pensar en políticas estatales más activas para abordar cómo se construye el perfil laboral del petrolero. Hay experiencias interesantes: en España hay mujeres operarias y una política en estos temas. Cuando se nacionaliza YPF en 2 012 hubo intentos de pensar estas cuestiones sociales en Añelo, por el boom de Vaca Muerta y en Cerro Dragón, en Chubut. Pero se dejaron tras el cambio de gobierno.

P-¿Qué opinión tiene sobre convenios como la adenda de no convencionales de Vaca Muerta?

R- Van en sentido contrario. Se maximiza este estereotipo de masculinidad porque cada vez hay que resistir peores condiciones. Siempre digo: mientras más se produce este ejercicio de masculinidad más vulnerable es el trabajador frente a sus condiciones de trabajo. El convenio de Vaca Muerta flexibiliza protecciones y pone condiciones aún más duras al trabajador.

Origen: Bromas brutales y cultura del aguante: el machismo en los yacimientos petroleros